MIGUEL TERRAZAS DÁVALOS "Este ramillete es para tí"

Miguel Terrazas Dávalos,  es poeta, decimista y narrador.  Nació en el distrito de Bella Unión, provincia de Caravelí, departamento de  Arequipa. Ha publicado el libro de poesía "ESTE RAMILLETE ES PARA TÍ" que consta de cuatro partes: La primera se titula "Pétalos de Margarita" segunda parte "Las Musas mías" tercera parte "Los gritos de Milagritos" y la cuarta "Décimas de un sinverguenza". Hermoso libro que recomendamos leer. Miguel Terrazas, pertenece al Movimiento Cultural Literario Nokanchi Kanchu.

Décima de Presentación
Vine al mundo en Bella Unión
un pueblito muy lejano
me dijeron anda hermano
que tu puedes dar lección
Y tomé la decisión
de ir por calles y por plazas
declamando sin mordazas
lo que escribo en mi locura
no hago caso al que murmura
porque soy Miguel Terrazas.

LA GRANDEZA DE MAMÁ
Si mamá es un desierto
yo un granito de arena
si mamá es una orquesta
yo tan solo una quena.

Si mamá es la mazorca
yo un granito de maíz
si mamá es una planta
yo un hilito de raíz.

Si mamá es un gran lago
yo pequeño riachuelo
si mamá es una noche
yo una estrella en su cielo.

Si mamá es un poema
yo apenas soy un verso
si yo soy una galaxia
mamá es el universo.

MI AMIGO CHARLES
Tengo un amigo soltero
que no se quiere casar
le desesperan los bebes
si los escucha llorar.


Aquel amigo soltero
miedo le tiene al desliz, 
no tiene esposa ni hijos
es respetuoso y feliz.

Vive contento en el barrio
con todos se lleva bien
a sus sobrinos engríe
a mis sobrinos también.

Tenemos mil diferencias
todos los seres humanos
tratemos a todo el mundo
con el cariño de hermano.

SON BURBUJAS
A través de este poema
yo les quiero relatar
la aventura de Zulema
que bosteza al estudiar

Ella para entretenida
con su lindo celular
esperando la salida
para irse a jaranear.

Por beber en una fiesta
la durmieron una vez
la dejaron deshonesta
eso es lo que dijo el juez.

Ahora siente amargura
le provoca mucho estrés
esa linda preciosura
que cumplió segundo mes.

No cometan un error
no se dejen engañar
el estudio es lo mejor
si queremos progresar.

MINERVA INMORTAL
Cuando ingresé al segundo año de primaria no sospechaba que iba a derramar muchas lágrimas. Fue mi mejor año. Me las pasé correteando por la pampa en las horas de recreo, jugando a la pelota con mis compañeros. Santiago Vega, el gallito, se sacaba las zapatillas para jugar, porque así era más rápido, mucho más rápido que el viento. Pablo Granda, era lento con la lengua pero rápido con los pies. Él se agazapaba para acelerar el ritmo y a cada agazapada más velocidad. Esa forma de acelerar que él tenía no lo he visto nunca más. Lo mismo hacía Pablo Ccapa, un niño que no conocía en cansancio, aunque al jugar su rostro cambiaba de color, mostrándose medio amoratado. José Antayhua creo que tenía imán en su cabeza, atraía a la pelota y de tumbos en tumbos llegaba hasta el arco. Él era dueño de los aires. En aquellos tiempos la moda era jugar con los pies desnudos y lo llamábamos "Pata Kala"
Pero al finalizar el año, nuestra profesora Minerva nos dijo que se iba a ir a otra escuela ¿A otra escuela? ¿Acaso la profesora Minerva no sabía que yo la amaba? Ella preguntó y dijo: “Que levante la mano el que quiere que yo me vaya”. Pablo levantó la suya y la lanza destrozó mi corazón. Ella lloró. Allí paradita con sus cabellos ondulados, sus mejillas húmedas y sus labios retorcidos por el dolor se fue retratando en mi alma para siempre. Y aquí la tengo en mi alma. Reproduzco las escenas miles de veces en mi alma y miles de veces se me caen las lágrimas. Yo la amaba. Ella derramó sus lágrimas yo derramé la mía.
Las últimas semanas ya no había alegría en el salón. Desazón por todas partes. Cada día que pasaba una herida más grande. Hasta que llegó el día del suplicio. El día de la estocada final. Aquel día nos reunió para despedirse de nosotros. Nos entregó regalitos a todos. A mí me entregó un libro de cuentos titulado: "El Marcianito” Se trataba de un Marcianito que quería vestirse muy elegante, pero como allá en su planeta no había sastres, se vino a la tierra en su platillo volador a confeccionarse un terno.
Nos abrazó. Pude codificar su perfume y si yo perdiera la vista la reconocería por su aroma. Se fue. Y parado a la orilla de la carretera la vi perderse allá donde mi vista ya no puedía verla.
Ella debe de tener uno 62 años en este momento, si alguien me puede dar noticias de ella ,me daría la paz para morir tranquilo. Todavía la amo.
NO TE PUDE AYUDAR HERMANITO
Estábamos toda la familia alrededor de la mesa, saboreando cuyes fritos un domingo. Tuvo que ser domingo por que sólo esos días podíamos darnos nuestros gustos. Papá Nicolás había fallecido hace muy poco y mi hermano Nicolás nos recordaba a él.
La mesa era larga, mi padre lo había confeccionado usando cinco tablones rústicos y por patas colocó un tronco de eucalipto partido en cuatro partes iguales. Por bancas, a ambos lados dos tablones rústicos con patas de troncos más delgados. Las paredes del comedor eran de carrizo revestidas de barro.
Sentados alrededor de la mesa, Néstor, María, Rómulo Rufino, Nicolás, Yo, Martin, Consuelo y la bebe luz, disfrutábamos y nos divertíamos aquel día, cuando la escena cambió. Nicolás empezó a retorcerse, mamá desesperada le abría la boca para verificar si un hueso lo estaba atragantando, pero nada, convulsionó y luego de unos minutos se tranquilizó. Recobró el conocimiento y dijo que no recordaba nada. El almuerzo terminó.
Estábamos yendo a la escuela, pasamos la casa del gordo Heredia, al que llamábamos “Epa”, pasamos la casa de Don Florencio, de Don Luzgardo y a la altura de la casa de la señora Amelia, mi hermano Nicolás tuvo mareos. Dijo que se regresaba a la casa. Y así lo hizo. En casa no había nadie pues mamá había viajado a Ica y Néstor estaba a cargo de nosotros.
En la tarde al regresar de la escuela no encontramos en casa al hermano Nicolás. Lo buscamos por todas partes a gritos. Preguntamos a los pocos vecinos que vivían en otras chacras y…nada. De pronto percibimos algo raro en el agua turbia de diciembre. El agua que se acumulaba desde el puente hacia arriba llenaba la acequia y pasando el puente discurría con poco caudal. Algo había debajo del puente que no dejaba discurrir el agua con normalidad. Ingresé a la acequia y al mirar debajo del puente estos ojos míos lo vieron atascado boca abajo, muerto.
Estoy casi seguro que fue diciembre. Porque en diciembre las aguas venían turbias. Porque en diciembre las higueras estaban repletas de sus frutos negros y de seguro Nicolás quiso comerlos y la epilepsia que sufría lo hizo caer a la acequia. Se ahogó.
Néstor lo sacó y lo estiró afuera de nuestra casa de adobes, donde un tronco largo de casuarina nos servía de asiento. Allí donde todas las tardes nos sentábamos la familia a mirar cómo en el horizonte el sol se enrojecía de vergüenza al ser derrotado por las tinieblas. Nosotros, todos niños, sentaditos allí al lado del hermano muerto vimos terminar el día y llegar la noche, mientras el hermano adolescente no regresaba de su viaje en busca de ayuda.
Yo tenía 9 años.

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